sábado, enero 30, 2010

NOTICIA 734ª DESDE EL BAR: BALADA TRISTE DE UNA DAMA (1)

En Enero de 2008 creé en este blog una mininovela, o un relato largo, llamado Una Odisea Espacial en el Comienzo de Año, y en Febrero de ese mismo año volví a hacerlo con Los Treinta. Ambas registradas. El primero era una historia de Ciencia Ficción con algún toque de humor negro. La segunda era una historia ambientada en los 1930' con tintes de fatalidad bélica. Ahora, me animo a volver a repetir jugada con Balada Triste de Una Dama, bajo el registro de licencia Creative Comons que podéis consultar en este blog. Espero que os guste. Yo sobre todo pretendo disfrutarlo mientras la escribo. No sé cuántos capítulos serán, porque no sé cómo se va a desarrollar entre mis manos, pero, al igual que aquellas dos antecesoras que os menciono, y que podéis leer en esta bitácora (en los enlaces de la derecha tenéis acceso a entradas por mes y año) no serán demasiados, o dejaría de ser un relato largo. El primer capítulo es largo, pero trataré de que los siguientes sean más breves para facilitar su lectura en pantalla de ordenador, aunque nunca dejaré de tener en cuenta que si la necesidad del realto lo requiere tendrá que ser largo cuando tenga que ser. Que la cerveza os acompañe.

BALADA TRISTE DE UNA DAMA
Capítulo 1: un barco en el océano.
El Madre de Dios era un galeón de guerra que trataba de llegar a Buenos Aires. Hacía varios días que había zarpado de Veracruz sorteando los barcos corsarios y piratas del mar Caribe. Era pesado y por ello no muy rápido. Llevaba a cada banda veinte cañones que cargaron del mismísimo Fuerte de San Juan de Ulúa con permiso especial del Virrey de Nueva España, si bien tres de ellos tenían deficiencias y, como habían demostrado en su momento, quedaron inútiles. Contaba con una tripulación de unos noventa y tres hombres reclutados para llevar a una dama de cuna hidalga a la ciudad de Buenos Aires, en el Río de la Plata. Esta mujer, de piel sumamente blanca y pelo rojizo, no parecía nacida para las grandes travesías. La había embarcado un matrimonio convenido por su padre con un importante comerciante del Perú asentado en aquel puerto. Ella era Patricia de Santamaría, mujer joven y bella, de familia ennoblecida cincuenta años atrás a fuerza de comprar el título nobiliario cuando la Corona lo sacó a la venta. Viajaban con ella tres damas de compañía con las que se había criado, Esther Fernández, Sonia Pérez y Julia Chacón, y su camarera personal, Verónica.

Raramente se desviaban barcos de guerra en estos tiempos. Casi todos se ocupaban en la defensa de la Flota de Indias y en perseguir piratas, cuando no eran desviados por Orden Real para que combatieran en las costas frente a Holanda y Francia. La guerra en Europa estaba costando cara a las Indias. Los corsarios holandeses, y a veces la propia armada holandesa, no paraban de hostigar las costas. Habían logrado incluso asentarse en algunos sitios. La Armada de Indias trataba de rehacerse y reforzarse para poder enfrentarse a ellos y recuperar lo perdido, pero con tanto buque distraído en aquellas otras tareas era imposible reaccionar rápidamente. El capitán del Madre de Dios, Rubén Vivas, hubiera preferido ser destinado con otros buques a La Habana o a Santiago de Cuba, desde donde poder realizar misiones de patrulla por el Caribe, pero su matrimonio con una francesa llamada Karen Bury le había hecho sospechoso hacía años de una posible connivencia con la piratería. Por ello, con tan sólo un buque, se le encargó la misión de llevar a Patricia de Santamaría al puerto de Buenos Aires, al cual aprovisionaría de pólvora y quincallería, ya que allí prácticamente andaban faltos de todo, y del cual habría de traerse pieles y cueros. A fin de cuentas, era un secreto a voces el gran contrabando que se manejaba en aquel lugar. Si Rubén Vivas hiciera algún trato comercial con los piratas o con algún buque no español daría igual en aquellas tierras donde, para sobrevivir, todo el mundo se saltaba las leyes. Era una situación de hecho consentida implícitamente por la falta de medios para poder atender adecuadamente, y proteger, a uno de los territorios del Imperio más alejados y difíciles de acceder.

Nada más lejos de la realidad aquellas suposiciones de deslealtad del capitán Rubén Vivas a su Majestad Felipe IV. Bien lo sabía su tripulación en aquel viaje. Era el día claro, de cielo azul, cuando navegaban a la altura de las costas de Pernambuco. Hacía dos años que los holandeses las habían conquistado y desde allí creaban una gran cantidad de problemas. Les perseguía un navío holandés mucho más ligero que el Madre de Dios. De apenas treinta tripulantes, corsarios todos ellos, había logrado ponerse a su costado de babor. Rubén Vivas había intentado desplegar sus velas todo lo a favor del viento que pudo, pero su galeón era en exceso pesado y de torpe maniobrabilidad. Un barco viejo, por otra parte. Mandó a las mujeres a refugiarse dentro del castillo de popa y con ellas a un pintor llamado Paulino Merino, hombre demasiado viejo para la batalla que viajaba con ellos como parte del séquito nupcial de Patricia de Santamaría. Le entregó una pistola y les encerró con llave. Los artilleros corrieron rápido a colocarse en sus cañones asignados con gran disciplina militar. Los cargaron a la orden del oficial de artillería, Carlos Porcel, esperando la orden de disparo del capitán. Una orden que llegó tardía. Del barco holandés salió la primera descarga.

El Madre de Dios recibió la descarga sufriendo una gran zozobra. El palo de trinquete recibió una de las balas de los cañones holandeses partiéndose por la mitad y cayendo en buena parte al mar. Arrastró con él el velamen que tenía desplegado de modo que las cuerdas mantenían unido, por mor de la tela, medio trinquete flotando en el agua y medio trinquete en la proa. El galeón, de esta manera, quedó aún más dificultado de poder escapar. Rubén Vivas dio la orden de fuego a discreción sin darse cuenta, entre el fuerte ruido de cañones y gritos, que había perdido dos de sus cañones por el impacto de otra bala. Subió a cubierta dejando la cañonería a las órdenes de Carlos Porcel, que trataba de disparar lo más rápido posible, para tratar de organizar una fusilería eficaz con los arcabuces desde la borda del castillo de popa, donde su segundo de a bordo, José Ramón Espinosa, estaba disparando él mismo un cañón de falconete enganchado en la misma borda de allí. Una segunda descarga del buque holandés destrozó parte de aquel franco del barco provocando entre los marineros allí colocados con los arcabuces tal carnicería que la cubierta quedó cubierta de brazos, manos, piernas y gran cantidad de gritos de dolor. La verga del palo mayor fue alcanzada. Las astillas, algunas tan grandes como medio hombre, caían sobre los marinos con tanta violencia que alcanzó a uno de ellos la caída de una de estas astillas. Lo rajó hasta medio cuerpo y se le quedó así clavada como si nunca hubiera tenido de cintura para arriba otra cosa que un cuerpo de cuyas tripas y hasta el cuello nacía madera. La cubierta se llenó de gritos y sangre y trozos de madera caída o saltando a cada impacto. Había tanta sangre que los que aún podían disparar se resbalaban en ella. No ayudaba la zozobra continua del barco, que cada vez que era alcanzado por el fuego holandés se bandeaba peligrosamente. Algunos marinos caían al mar y tal vez aquello era mejor para ellos. Dos marinos trataban de llevar a los heridos que aún podían combatir, si se les trataba pronto, a la bodega, donde el cirujano de a bordo, Jesús María Gutiérrez, les daba un trago de ron, un cuero duro que morder, les amputaba la mano herida con un cuchillo médico, o con un gancho les trataba de sacar la bala de arcabuz o la astilla, y le cauterizaba rápido la herida con un hierro al rojo vivo. Hecho esto, podía volver a cubierta a seguir luchando ya no por el barco o el Imperio, si no probablemente por su supervivencia. El frenetismo del combate era patente, pero sin orden.

Rubén Vivas sabía que el barco y la tripulación no estaban en condiciones de continuar la batalla. Estaba dispuesto a izar la bandera blanca cuando el barco holandés les embistió con fuerza con su espolón de proa. El Madre de Dios se escoró tan peligrosamente que todos sus tripulantes no se pudieron mantener de pie y buena parte acabó en el océano. El estruendo fue grande. En la sala de cañones los cañones se descolocaron de sus troneras. Uno de ellos aplastó el pecho de uno de los artilleros. Carlos Porcel corrió en cuanto pudo para librarle del peso, sin embargo, le había partido todas las costillas, en consecuencia sus pulmones habían reventado y no paraba de manar sangre por la boca. En cuanto el Madre de Dios se volvió a estabilizar se produjo el abordaje. Los holandeses desplegaron pasarelas y ya saltaban por ellas al buque. Otros llegaban a la cubierta española lanzándose con ayuda de los cabos de sus mástiles. La batalla se produjo a espada en ese momento. La desmoralización cundía ya entre los españoles y ese fue su peor enemigo. Combatiendo mal a causa del pánico y la sensación de derrota, los que quedaban útiles murieron a cuchillo.

El capitán holandés era un corsario conocido en los últimos años. Se llamaba Paul Muys. Once años atrás, en 1624, había combatido junto a Piet Heyn en el asalto y conquista que hicieron de Salvador de Bahía. Aunque su nombre empezó a sonar a los españoles cuando, aún al servicio de Heyn, había participado en la batalla de la bahía de Matanzas, en Cuba, cuatro años después de lo de Bahía. En Matanzas habían herido el orgullo naval español destruyendo su flota de Indias y robando la recaudación de oro y plata de dos años. Tanto oro y plata obtuvieron que lograron conquistar los holandeses Pernambuco, en Brasil, con esos dineros. Aquello había sucedido en 1630, aquella campaña había atraído a Paul Muys para combatir y establecerse en aquella Nueva Holanda desde la que ejercía de corsario desde hacía cuatro años.

Antes de saltar a bordo del Madre de Dios, Paul Muys dio orden a su segundo, Leunam, de echarse al mar en uno de los botes de su barco. Leunam lo hizo con cuatro hombres más. Los españoles caídos al agua y que aún podían nadar trataban de aferrarse a las maderas caídas del maltrecho galeón. Varios de ellos habían logrado subirse al palo de trinquete que flotaba en el agua. Le habían soltado la vela y ahora estaba libre. Uno de ellos era José Ramón Espinosa. Un hombre alto y rubio, con la ropa abierta y rota, con un brazo sangrando, trataba de ayudar a otros náufragos a subir a aquel palo, mientras por encima de ellos la gente del galeón combatía aún con los holandeses en cubierta. El bote de Leunam remó hacia aquellos que nadaban y hacia los que flotaban sobre maderas. Con dos arcabuces disparaban desde el bote sobre ellos y los mataban, tiñendo el agua un poco más roja de lo que ya estaba. José Ramón Espinosa no pudo evitar caer de espaldas al agua cuando recibió en su cabeza uno de aquellos disparos, muriendo al instante.

En pocos minutos la gente de la cubierta del Madre de Dios terminó rindiéndose. Paul Muys había capturado el barco, que había quedado inservible. El palo de mesana también había sufrido serios daños y el timón se había bloqueado en la batalla. No había nada de valor en el buque. Aunque los holandeses decían querer explotar el azúcar de Pernambuco, era indiscutible que ellos estaban allí por la plata y el oro, y que al no haberlas encontrado en aquella región, usaban la misma para practicar el contrabando por el cual conseguirlo o bien para asaltar buques españoles que pudieran cargarlo. Al abrir de un disparo los camarotes de la oficialidad en el castillo de popa se encontraron con el viejo Paulino Merino disparando fallidamente una pistola. La bala se incrustó contra el cerco de la puerta. Paul Muys le desarmó de un manotazo. Comprendió que la bella mujer pelirroja que tenía enfrente, detrás, en realidad, del anciano, debía ser alguien importante a juzgar por su vestido y joyas. Había allí un cofre de joyas, las particulares de Patricia de Santamaría, las cuales iba a usar en su boda, una cifra de dinero, la de la dote, y documentos en castellano. Aquella mercancía era la mercancía que quizá hacía merecer el esfuerzo del abordaje, aunque, estando en guerra con los españoles, y Pernambuco, su Nueva Holanda, tan amenazada de un contraataque anunciado y hasta el momento nunca llegado, destruir un galeón de guerra era un logro importante y vital para ellos. Pasó a todas las mujeres y al anciano a su barco. Patricia de Santamaría y Paulino fueron alojados en un camarote cerrado con llave y custodiado por fuera. Esther Fernández, Julia Chacón, Sonia Pérez y Verónica fueron entregadas por la noche a la diversión de los tripulantes vencedores. Su destino podría estar en ser vendidas a un burdel de Curaçao, en las Antillas Neerlandesas.

Los españoles peor heridos fueron matados a espada. Los menos heridos que aún se tenían en pie fueron maniatados y tirados al mar. El barco holandés se alejaba con su presa mientras dejaba sobre el agua al Madre de Dios ardiendo. Paul Muys había ordenado prenderle fuego antes de abandonarlo del todo. Allí estaba aquel buque de guerra ardiendo y hundiéndose poco a poco. Desplegando una estela de humo hacia el cielo, mientras el mar se lo tragaba con parsimonia. Los holandeses tendían a hacerse pequeños en el horizonte. Rubén Vivas y Carlos Porcel, acompañados de media docena más de desdichados marinos, flotaban maniatados a la espalda, pataleaban inútilmente. En unas horas morirían ahogados, fatigados por el esfuerzo de sobrevivir sin posibilidad alguna de lograrlo. Ningún otro barco pasaría por allí para rescatarles. Sólo el Madre de Dios ardiendo estaba allí, sólo un barco en el océano. 

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